Una visita fugaz de tres días a Hong Kong ha sido suficiente.

Tres días intensos en los que no desaproveché ni un minuto: Kowloon, la isla de Hong Kong y la de Lantau, zonas completamente deferentes entre si y a su vez a Shanghái.

La ciudad de la densidad, de los rascacielos apilados, del hormigón, de las prisas, de las calles estrechas y empinadas, del ruido; pero también de la naturaleza y la calma, pueblos pesqueros e innumerables rutas de senderismo y playas escondidas. 

Hong Kong, una ciudad compuesta por la suma de múltiples capas y zonas que se apilan casi sin espacio y que son capaces de crear ambientes tan diferenciados como el de recogimiento, arte callejero y pequeñas tiendas llenas de encanto en la zona del Soho; asi como los infinitos centros comerciales, tiendas de lujo y edificios imponentesel de Central o Almiralti o ambientes como el de Wan Chai, donde lo caótico se adueña de la zona y en el que mercados callejeros o pequeñas tiendas de barrio hacen su aparición. 

 Hong Kong, miles de personas conviviendo en un espacio reducido, ambiente internacional y sorprendentemente bastante europeizado; una mezcla entre Nueva York, Europa y Asia que es necesario experimentar para comprender.

Donde los paseos elevados se hacen necesarios debido a la falta de espacio y donde puedes encontrar innumerables medios de transporte: desde los clásicos, metro, taxi o autobús, hasta el tranvía, estrecho y alto, icono de Hong Kong, barco, para moverte entre islas, teleférico para subir al gran Buda de Lantau o el tren centenario que te lleva en menos de 15 minutos a lo alto del Peak.

 Una ciudad donde se conduce por la izquierda, donde la gente es educada y se habla el inglés, en la que quedan aún zonas por rematar y que sigue extendiéndose por la zona de New Territories.

Una ciudad que hay que vivir, que hay que pasear, que hay que sentir.

Una gran urbe comprimida y que, sin duda, merece la pena visitar.